Álvaro Siza: Proyectar la mirada

«Tengo el cansancio anticipado de lo que no voy a encontrar. Si en determinado momento me hubiera vuelto para la izquierda en lugar de para la derecha. Si en cierto instante hubiera dicho sí en lugar de no, o no en lugar de sí. Si en determinada conversación hubiese tenido frases que sólo ahora en el entresueño elaboro. Si todo esto hubiera sido así hoy sería otro y quizá el Universo entero sería insensiblemente llevado a ser otro también. Pero sólo ahora lo que nunca fui ni seré me duele. Voy a pasar la noche a Cintra porque no puedo pasarla en Lisboa pero cuando llegue a Cintra me va dar pena de no haberme quedado en Lisboa. Siempre esta inquietud sin resolución, sin nexo, sin consecuencia. Siempre, siempre, siempre. Esta angustia excesiva del espíritu por nada. En la carretera de Cintra, o en la carretera del sueño, o en la carretera de la vida. A la izquierda hay una casucha al borde de la carretera. A la derecha, el campo abierto con la luna a lo lejos. El auto que parecía hace poco proporcionarme libertad es ahora algo en lo que estoy encerrado. A la izquierda, hacia atrás, la casucha modesta. La vida allí debe ser feliz sólo porque no es la mía. Si alguien me ha visto desde la ventana de la casucha soñará: ese que va en el auto es feliz. «

No puedo dejar de pensar en Siza al leer estas líneas… Escrito en un libro abandonado en un viaje, de un conocido escritor portugués con el que con frecuencia se le compara. Puedo entender que Siza no se vea próximo a Fernando Pessoa y por ello no voy hacer un paralelo entre ambos, pero con este fragmento quiero hacer ver cómo la arquitectura en manos de Siza se convierte en algo muy próximo a las palabras de Pessoa. Siza con su arquitectura nos pone ante una realidad trascendente, que va más allá de los límites del conocimiento, una realidad que nos hace despertar sensaciones no muy distintas a las que experimentamos con la lectura de un poema.

Pessoa nos muestra una situación límite, de elección, donde él sabe el final, “de lo que no voy a encontrar”. Sabe lo que hubiera ocurrido si en vez de a la derecha se hubiera ido a la izquierda, sabe que él no sería él… Da la sensación de que ha vivido las dos vidas, la del “si” y la del “no”, la de Cintra y la de Lisboa, la de la casucha y la del auto. Siza, nos pone ante una misma situación, de que todo lo que conoce y toca, todo aquello a lo que fue capaz de dar vida, lo poseyó antes a él.

Pessoa nos introduce en una “realidad fluida”, que puede cambiar en cualquier instante, con cualquier decisión. Dando la sensación de que todo es efímero, temporal, volátil. Sin duda, esto nos ayuda a proponer una lectura de la arquitectura de Siza entendida como captura de aquello que se mueve, como alusión continua a esa condición cambiante que da lugar a la sucesión temporal y que nos permite gozar de los instantes, de esos momentos específicos a los que dio vida la arquitectura al congelarlos en un preciso momento. Esto hace que su arquitectura no sea ajena a quien la contempla y que entendamos su fluidez como una sucesión de experiencias arquitectónicas inesperadas y diversas.

Dice Siza; “Cada uno de mis proyectos pretende apoderarse, con el mayor rigor, de una imagen fugaz con todas sus sombras; en la medida en la que se consigue aferrar esta cualidad que escapa a la realidad, el diseño resultará más o menos claro y será tanto más vulnerable cuanto más preciso sea”.  Las sombras hablan del sol, de la luz, del momento. Del “hacerse” de las cosas y no de “cómo se hacen”. A Siza le atrae el ser testigo de cómo una estructura es capaz de capturar el tiempo; entiendo este como una sucesión de instantes.

Siza nos engloba en una realidad que trasciende los límites del conocimiento para dar cabida a los sentimientos. Nos hace ver cómo la vida se compone de momentos, instantes y capas, ya que el mundo es complejo y fragmentado. Esta visión estaría muy cercana al cubismo y más aun a la idea de montaje de principios del siglo XX. Situándonos ante una variedad de episodios arquitectónicos que llegan al punto de abrumarnos, siendo capaz de que la obra arquitectónica no pierda su unidad y dando valor a los accidentes, ya que son éstos los que producen el efecto sorpresa y los que despiertan los sentimientos en el espectador. Trata de convencernos de que él no actúa, de que él simplemente desvela aquello con lo que luego nos sorprende. Como si todo fuera poco menos que inevitable. Sin querer ser el protagonista de la escena, pero al igual que Pessoa, domina la situación y controla el guión.

 (…)

Raúl Latorre Luna | «Álvaro Siza: Proyectar la mirada» | 2009

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